3. La reflexión paulina sobre la Gracia

Contenido

Tema del curso de Antropología Teológica III.

3.1. Cuestiones preliminares

Pablo es el expositor por excelencia de la teología bíblica de la gracia. En sus primeros escritos reflexiona sobre su experiencia de la Gracia.

Relatos de Pablo: 1 Cor 15,1-11; Gal 1,13-17; Flp 3,2-14: - 1 Cor 15,8: testigo pascual - «Aparecerse». Como en Mt 17,3; Lc 1,11; Mt 28,17. - Término técnico: ver lo invisible (creer). - Gal 1,15-16: vocación profética - «Separar» como en 2 Cor 6,17. - «Llamar» como en Rom 9,25-26 (cf. Rom 1,1). - “Revelar en mí a su Hijo” como en 1 Cor 14,30. - “Anunciar entre los gentiles” como en 1 Cor 9,16. - Flp 3,7-12: modelo de conversión - “Conocimiento de Cristo”. - “Habiendo sido yo mismo alcanzado/comprendido”.

Cartas propias de Pablo: Romanos, 1 y 2 Corintios, Gálatas, Filipenses, 1 Tesalonicenses y Filemón.

La experiencia de la gracia y las consecuencias teológicas de la vocación

De la gracia vienen todos los demás dones (filiación, fraternidad, autoridad, etc.).

El perdón de los pecados no ha merecido el hombre; únicamente la misericordia de Dios se lo ha regalado: Rom 3,24.

Nadie puede pasar factura a Dios por las buenas obras. Las buenas obras son expresión de que el hombre ha sido perdonado: Gal 5,6.

La gracia es don de Dios: Ef 2,8.

En la dificultad: “la gracia le basta”: 2Cor 12,9.

La gracia no le falla: 2 Cor 1,12.

Para entender la doctrina de la gracia en Pablo hay que entender su experiencia vocacional.

La vocación de Pablo: fue un cambio en la forma de mirar. Pablo descubrió en la cruz una nueva forma de actuar de un Dios que no encajaba con la Ley que él había heredado.

Para Pablo, ser creyente parece girar en torno a la mirada, al modo como miramos a Dios, al Crucificado, al mundo, a la persona.

De esa mirada gratuita se desprende una ética basada en la autoentrega y la solidaridad. Pone el acento más en el don y menos en el cumplimiento de normas y ritos.

Gracia y transformación humana. La situación de muerte al pecado: Rom 6,3-6

El cambio de situación del cristiano lo describe Pablo con estas palabras:

Los que hemos muerto al pecado ¿cómo seguir viviendo en él?   ¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte?   Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que   Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva.   Porque si hemos hecho una misma cosa con él por una muerte semejante a la suya, también lo seremos por una resurrección semejante; sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con él, a fin de que fuera destruido este cuerpo de pecado y cesáramos de ser esclavos del pecado.

La gracia nos injerta también en la Resurrección de Cristo para que vivamos su novedad humana (cf. Rom 6,9-13).

Los que os habéis bautizado en Cristo os habéis revestido de Cristo, de modo que ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni varón ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús (Ga 3,28).

La igualdad teológica ”en Cristo” une a los creyentes en un mismo Espíritu, una nueva creación. Y donde habita el Espíritu ya no hay diferencias jerárquicas y no hay luchas por el poder.

El “revestirse en Cristo”, crea una nueva identidad en los creyentes que anula las jerarquías de etnia, género y estatus.

La Justificación en la Carta a los Gálatas

Pablo asocia la idea de gracia a la de la liberación. El agraciado “ya no es esclavo, sino hijo” (Ga 4,7).

“Cristo nos libertó para la libertad”; la vocación cristiana es, por tanto, un “ser llamados a la libertad” (Ga 5,1).

“El ser humano no se justifica por las obras de la ley, sino por la fe en Jesucristo” (Ga 2,16).

La fe en Cristo es incompatible con la observancia de la Ley como forma de justificación.

Pablo vivió esa esclavitud de la Ley, de carácter narcisista (pues brotaba más de la necesidad de responder ante el ideal de cumplimiento perfecto, que del amor de Dios).

Gracia y libertad

¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe? ¿Tan necios sois?¿Habiendo comenzado por el Espíritu, ahora vais a acabar por la carne? ¿Tantas cosas habéis padecido en vano? Si es que realmente fue en vano. Aquel, pues, que os suministra el Espíritu, y hace maravillas entre vosotros, ¿lo hace por las obras de la ley, o por el oír con fe? (Ga 3, 2–5).

En efecto, la Ley solo duró un tiempo determinado hasta que la fe se hizo acontecimiento revelado en Cristo Jesús (Ga 3,23-26). Por tanto, la fe se convierte en una nueva vía de acceso a Dios que elimina toda forma de poder, de estructura y privilegio, al manifestarse como fundamento salvífico a través de Cristo Jesús.

Circuncisión judía y bautismo paulino:

  • El símbolo de la circuncisión no solo afecta a la relación judíos y gentiles, sino que también amenaza con excluir a las mujeres de la comunidad de la alianza.
  • Antagonismo entre el símbolo de la circuncisión (signo del pacto antiguo) y el rito del bautismo (signo del nuevo pacto) que construye una nueva identidad, generando relaciones igualitarias y simétricas.

La relación con Cristo genera una profunda comunión teológica entre los creyentes que trasciende las dicotomías asimétricas de género, etnia y estatus (cf. Ga 3,28). Dicho en otras palabras, el ser-en-Cristo iguala a los creyentes en un mismo Espíritu; una nueva creación (Ga 6,15) que supera todo tipo de relaciones jerárquicas y dependientes, impuestas por las estructuras sociales.

Es la honda experiencia con Cristo la que fundamenta el igualitarismo en las asambleas.

Para Pablo, el rito del bautismo crea una nueva identidad en los creyentes. 

La fórmula bautismal no fue simplemente una acción meramente religiosa que une sacramentalmente a los creyentes en Cristo, sino que dicha “acción performativa” tuvo implicancias éticas en la vida de los creyentes.

Para Pablo la fórmula bautismal inaugura una nueva era teologal para los creyentes; es decir, una nueva creación, fundamentada en el Espíritu de la promesa:

“Y esto fue así para que la    bendición de Abrahán llegara a los gentiles, a través de Cristo Jesús, y para que, por la fe, recibiéramos el Espíritu de la promesa” (Ga 3,14).

El centro de la teología de Pablo no es la ratificación de la alianza, sino la recepción de una nueva vida, recreada por el Espíritu.

Pablo exhorta a los creyentes a vivir en libertad, no en la esclavitud:

“Porque, hermanos, habéis sido llamados a la libertad; solo que no toméis de esa libertad pretexto para la carne; al contrario, servíos por amor los unos a los otros. Pues toda la ley alcanza su plenitud en este solo precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Pero si os mordéis y devoráis mutuamente, ¡mirad no vayáis mutuamente a destruiros!”(Ga 5,13-15).

La paradójica fuerza de la libertad brota del servicio mutuo y del amor entre los hermanos, fruto de la unión profunda con Cristo a través de su Espíritu.

El Espíritu hace posible una nueva vida que no está basada en la esclavitud, sino en la libertad de ser hija e hijo que genera una nueva filiación:

Y, dado que sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el   Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abba, Padre! De modo que   ya no eres más esclavo, sino hijo; y, si eres hijo, también   heredero por voluntad de Dios (Ga 4,6-7).

Desde esta honda experiencia carismática, el seguimiento no se reduce a una ética (espíritu de amo o de siervo), sino que es más bien la ética la que es desbordada y transformada, superando toda religión basada en cumplimientos legales.

Pablo concibe la libertad como una experiencia que brota de la profunda comunión con Cristo a través de su Espíritu.

La conducta libre del creyente procede de su fundamental modo de ser, que es ser hijo de Dios (cf. Ga 4,4-6) y vive en el Espíritu (Ga 5,25), que lo conduce. Su conducta le brota desde dentro hacia fuera, y no al revés.

Y los frutos que brotan desde lo más profundo de su ser, como consecuencia de la acción del Espíritu son: “el amor, la alegría, la paz, la grandeza, el ánimo, la bondad, la tolerancia, la sencillez, el domino de sí...” (Ga 5,22-23).

El creyente que actúa movido por el Espíritu es capaz de amar a los demás con un amor auténtico y sin hacer ningún tipo de diferencias. Porque el amor procede de Cristo y de su Espíritu. Y cuando se ama a los demás, se les sirve libremente. Entonces el servicio no se experimenta como imposición o servilismo, o cumplimiento para ganar méritos, sino como alegría, gusto y realización de uno mismo.

Y, el amor no puede ser impuesto, regulado o normado; no puede ser objeto de leyes. Es auténtico cuando brota de la libertad y es libre. Por ello, Pablo insiste en que la esclavitud y el servilismo no son compatibles con la libertad. Porque para la libertad habéis sido liberadas/os (Ga 5,13).

3.2. La justificación en la Carta a los Romanos

La justificación

Esta convicción teológica del apóstol se puede resumir en estas palabras: la justificación — lejos de ser una obra de la Ley— es más bien la obra de la gracia de Cristo a través de la fe en Él.

Estado de la cuestión

Todos los estudios coinciden en que la tesis principal de la epístola se refiere a la justicia de Dios en Rm 1,16-17 (δικαιοσύνη γὰρ θεοῦ):

Pues no me avergüenzo del Evangelio, que es fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree, primero del judío, y también del griego. Porque en él se revela la justicia de Dios de fe en fe, como está escrito: El justo por la fe vivirá. (Rom 1,16-17)

Este versículo resonó profundamente en Lutero y le provocó una revelación fundamental. Comprendió que la justificación, es decir, ser declarado justo ante Dios, no se lograba a través de las obras humanas o el cumplimiento de la ley, sino únicamente por medio de la fe en Jesucristo. En otras palabras, la fe en Cristo y su obra redentora era el único medio por el cual los creyentes podían recibir el perdón de los pecados y ser aceptados por Dios.

Esta revelación tuvo un profundo impacto en la teología de Lutero y se convirtió en el pilar central de su enseñanza. Sostenía que la fe era el vínculo vital entre el creyente y Dios, y que la salvación era un don gratuito de Dios que solo podía ser recibido a través de la confianza en la obra redentora de Jesucristo, no por los méritos humanos.

Lutero enfatizaba que Dios, en su gracia y amor, ofrece la salvación gratuitamente a través de Jesucristo. La fe en Cristo es el medio por el cual los creyentes reciben esa salvación.

Para Lutero, la fe en Cristo no es solo una creencia intelectual, sino una confianza viva y personal que se manifiesta en una relación transformadora con Dios. Al creer en Cristo y recibir su gracia, los creyentes son justificados, es decir, declarados justos ante Dios, no por sus propias obras, sino por la obra perfecta de Cristo en la cruz.

Las obras buenas y virtuosas, según Lutero, son el fruto natural de la fe viva en Cristo. Sin embargo, no son la base de la justificación ni la forma de obtener la salvación. Las buenas obras son la respuesta y el testimonio de gratitud del creyente hacia Dios por la salvación recibida.

1. La ira de Dios y la justicia de Dios

Primero, Pablo cumple su misión mientras demuestra cómo la ira de Dios cayó sobre todos los hombres a través del pecado: «ya que todos pecaron y están privados de la gloria de Dios» (Rm 3, 23). Luego, predica incondicionalmente el Evangelio de la justificación para todos: «y son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención realizada en Cristo Jesús» (Rm 3, 24).

De hecho, la justicia divina llega a todos los hombres de la misma manera; es decir, por la fe sin las obras de la Ley: «Dios lo constituyó medio de propiciación mediante la fe en su sangre, para mostrar su justicia pasando por alto los pecados del pasado» (Rm 3, 25).

Esta es la primera cualidad de la justicia de Dios retenida por Pablo y expresada por la justificación por la fe. Dios es justo porque trata a todos los hombres sin hacer excepciones ni otorgar privilegios.

2. La ley y justicia de Dios

Aquí, Pablo parece tener ambos lados de la Ley. Primero, se considera un código que ya no debe aplicarse a Jesucristo: «Puesto que por las obras de la ley ningún viviente será justificado ante él» (Rm 3, 20a); luego considera la Ley como un sistema legislativo e incluso como una serie de requisitos que favorecen el conocimiento y la confesión del pecado: «(…) pues a través de la ley solo se logra el conocimiento del pecado» (cf. Rm 3, 20b).

En el primer caso, son las obras de la Ley, incapaces de darnos justificación; y en el segundo caso, se trata de los beneficios éticos y universales de la Ley.

Por lo tanto, Pablo disocia la justicia de la ley para mostrar que no es suficiente cumplir con los mandamientos requeridos por la Torá para ser salvado.

3. La fe y la justicia de Dios

Esta es la clave para la comprensión alrededor de la cual se articula la justicia de Dios. De hecho, la economía de la fe se aplica no sólo a los destinatarios de la justicia divina (hombres), sino también al transmisor (Dios), porque hay coherencia entre el plan divino y su realización.

La venida de Jesucristo no cambió la orientación, sino que manifestó lo inaudito de un don de gracia que va tan lejos como la salvación. Es entonces cuando la justicia divina se manifiesta por la economía de la fe, ya que es a través de ella que todos los hombres son justificados sin ninguna diferencia.

Si el papel de la ley es manifestar el pecado, el régimen de la fe permite a Dios manifestar la gratuidad de la justificación (cf.  Rm, 1-4).

3.3. Judíos y paganos son justificados en Cristo

Pablo se dirige a judíos y paganos. Por ejemplo, podemos constatarlo en los siguientes textos:

Pero, ahora, independientemente de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios de la que hablaron la Ley y los profetas. Se trata de la justicia de Dios, que mediante la fe en Jesucristo, otorga a todos los que creen —pues no hay diferencia— (Rm 3,21-22).

¿Acaso Dios es únicamente Dios de los judíos? ¿No lo es también de los gentiles? ¡Desde luego que es sí!; también de los gentiles. Tengamos en cuenta que solo hay un Dios, que justificar a los circuncisos en virtud de la fe y a los incircuncisos por medio de la fe (Rm 3,29-30).

En la Carta a los Romanos, el apóstol elaboró su idea germinal mediante la metáfora del olivo cultivado que refiere a la figura del pueblo de Israel (compuesto por creyentes en el Evangelio, tanto judíos como gentiles) al que se le han injertado unas ramas extrañas (creyentes de origen gentil); y lo puso en práctica mediante la creación de unas asambleas originales que hacían realidad aquello (Rm 11,16-24).

Con esta metáfora, Pablo estaba afirmando dos cosas: una que corresponde a los gentiles, de la cual se desprende que con su injerto, han adquirido, por decirlo así, una nueva identidad; la otra atañe a Israel, al cual, por el hecho de sostener y nutrir las nuevas ramas injertadas, le corresponde explícitamente la función sustentadora y edificante de una “raíz fecunda”, es decir, sustanciosa y nutriente.

En efecto, a través de esta comparación metafórica, Pablo está mostrando con suficiente claridad que la unión entre judíos y gentiles en la fe en Cristo no es algo artificioso, y sobre todo, no mantiene separados los dos componentes como si cada uno de ellos debiese seguir una vía propia de salvación; por el contrario, ambos pertenecen igualmente a la misma familia de Abrahán (Ga 3,28-29).

Por tanto, esta relectura, nos sitúa ante una reflexión en profundidad sobre el alcance de estas imágenes en la cosmovisión de Pablo:

¿Es posible mantener que Pablo no modificó los mecanismos de mantenimiento en la alianza para los judíos cuando la identidad de Israel es transformada tan profundamente (haciendo hijos de Abrahán a los paganos)?

En definitiva, en la cosmovisión de Pablo no parecen caber dos alianzas: circuncisos e incircuncisos son justificados de un mismo modo por medio de la fe en Cristo (Rm 3,30).